-¡Fuego, fuego!
El monte Tissue se quemaba, mi casa estaba allí, mi familia intentaba huir del calor de las llamas, pero como ellos miles de animales más. Mi cuerpo era diferente al de mi familia, ya que yo era humana y ellos lobos.
Con mis brazos ayudaba a pasar obstáculos a los animales pequeños y sobre todo a los cachorros de mi manada. Las llamas avanzaban rápido, cada vez hacía más calor y respirar resultaba más difícil. Mis oídos eran poco sensibles en comparación con mis padres, pero entre los chasquidos de los árboles pude distinguir el sonido de unas aspas de helicóptero. Por experiencias anteriores sabía que ante un incendio, ese aparato de alguna manera tiraba mucha agua para apagarlo.
-¡Corred! ¡Si ese agua nos cae encima tendremos muchos problemas!
Me dispuse a correr junto a un ciervo cuando un pequeño aullido me estremeció: era mi hermano, lo reconocería en cualquier lado. Nada más escucharlo mi madre dio la vuelta y comenzó a correr pero la detuve, y con solo una mirada la obligué a salir de allí, yo iría a por él. Me coloqué bien mi piel de oso sobre el cuerpo para protegerme lo máximo posible de las llamas cada vez más grandes. El helicóptero cada vez estaba más cerca y necesitaba encontrar a mi hermano. La casualidad hizo que nos chocásemos mientras saltaba un tronco, haciéndome caer con el brazo derecho sobre unas ascuas. El dolor, junto con el humo, provocó que de mi garganta ya enrojecida no saliera ningún sonido; una gran quemadura se apoderó de mi antebrazo completamente, mi visión comenzó a fallar, los oídos me pitaban y había perdido el sentido de la orientación. Mi hermano se afanaba en lamerme la cara intentando reanimarme. Tras unos segundos pude orientarme y darme cuenta de como la tromba de agua comenzó a caer a lo lejos, no tardaría en llegar hasta nosotros, no daba tiempo a huir. Con el brazo que no estaba herido agarré a mi hermano metiéndomelo en el regazo bajo la piel de oso, ya que nos serviría de protección. El agua caía sobre nosotros y mi brazo se resentía de la quemadura, pero el dolor que sentía dio paso a la ansiedad: casi no podía respirar y notaba como mi hermano no podía mantenerse en pie. A lo lejos escuchaba la llamada de mi familia desde algún lugar seguro, tenía que ir hacía allí. Mis fuerzas me fallaban y no sabía cuanto tiempo más aguantaría consciente, dejé que mi instinto me guiara hasta que me desmayé sobre una pequeña zona húmeda gracias al agua del helicóptero. Miré hacia arriba, abracé a mi hermano ya inconsciente y esperé a la muerte con una sonrisa marcada en mi sucio rostro.
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