Ya había pasado una semana desde que Jaime había salido del quirófano y había sido inducido en un coma. Al parecer su cuerpo no admitió las cajas de conservación como se esperaba y el efecto de la anestesia no duró lo previsto por lo que comenzó a sufrir y cayó en coma por el dolor. Yo ya estaba fortaleciendo mis músculos en la "sala especial", la llamaba así porque era un gran almacén acolchado en sus paredes y en el techo, con una red que se podía desplegar para evitar caídas y esparcidos por el suelo numerosos artilugios tan extraños que ni sabía su finalidad. Hoy era el segundo día de entrenamiento, aunque en el primero no hice ningún ejercicio ya que fue solo una revisión completa para comprobar que todos mis órganos estaban en perfecto estado y no había riesgos para mi salud después de la operación. Mi entrenador era un chico joven, de unos 22 años de edad, estaba fuerte pero sin pasarse, tenía ese color de piel característico que obtenían todos los chicos adinerados de los rayos bronceadores no cancerígenos (ya que el tratamiento era caro y solo ellos, o ellas, lo podían conseguir), el pelo rubio oscuro y los ojos de un azul intenso. Para ese día llevaba puestas unas bermudas a cuadros bi-color azul cielo y blanco, y una camiseta gris que lucía en el centro con letras rojas grandes una nueva marca de ropa surgida del desgaste publicitario de las otras llamada <<Soran>>.
- ¡Buenos días, pequeño ángel! -gritó desde el otro lado de la sala.
- Odio que me llames así Gus -murmuré refunfuñando mientras bajaba del montón de colchonetas de un salto.
- No deberías hacer eso.
- ¿El qué?
- Saltar y hacer esfuerzos, aún estas débil y tus músculos no aguantan bien, podrías hacerte daño - señaló preocupado mientras me cogía en brazos.
- ¿Tienes que cogerme siempre que me quieres abrazar?
- Cállate anda, solo estoy comprobando tu peso, eres bajita por cierto.
Mi cuerpo con respecto al suyo era menos de la mitad, yo era una chica de 18 años bajita y él un gigante de 1,90 que era dos veces yo a lo ancho. Mis brazos y piernas caían muertos a los lados de su cuerpo y yo dejé caer mi cabeza en su hombro.
- Estas muy mona cuando te dejas hacer por mi Leire - yo levanté la cabeza y me abracé con los brazos y las piernas a su cuerpo como si fuese un koala. Le miré a los ojos, eran profundos, te podía dejar llevar en ellos y olvidarte de todos tus problemas; me estaba quedando embobada y como él lo notó, sonrió y se acercó a mis labios, yo no quería apartarme, la verdad es que era un chico realmente guapo. Estábamos a un escaso centímetro de que nuestras bocas se juntaran en un beso cuando a lo lejos se escuchó como se abría la puerta. Gus me soltó haciendo que yo cayese al suelo con tan mala suerte que caí de culo y quedé en una posición ridícula.
- Guzmán tienes un mensaje urgente de los de arriba - era la secretaria central, solo se encargaba de las comunicaciones urgentes. Gus se acercó a ella y cogió el receptor en forma ovalada, apretó un botón y la silueta del doctor Jiménez apareció en 3D encima del receptor. Yo no llegué a oír lo que decía, pero por la expresión de Gus y Ángela, la secretaria, no parecían buenas noticias. Me levanté despacio y me dirigí a ellos cuando el mensaje hubo finalizado.
- ¿Qué ocurre? - pregunté poniéndome junto a Gus.
- Tu hermano ha despertado del coma - me cogió de las manos y añadió- pero no reconoce a nadie ni sabe donde está, ha perdido parte de la memoria.
Me quedé en shock, no reaccioné, solo podía pensar e que aquello no era cierto y que era imposible que mi hermano no me reconociese, seguro que al verme recordaría todo.
-Quiero subir a verle - dije a Ángela con el rostro serio-. Gus, tú quédate y prepara las máquinas para los ejercicios previstos para hoy, en una hora estaré de nuevo aquí.
Dicho esto Ángela se fue para avisar a los encargados, Gus me abrazó y me dijo al oído:
- Tómate la mañana libre pequeño ángel, esta tarde puedo volver de nuevo y comenzamos el entrenamiento.
- No quiero, necesito empezar a fortalecerme ya. Quiero hacer las cosas por mi misma.
Me separé de él y me dio un beso en la frente, me miró a los ojos y me marché en silencio.
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