CÉSAR
- Buenas noches, ¿qué desean tomar? - preguntó un refinado camarero vestido como un pingüino.
- Desearía una merluza a la plancha acompañada con patatas asadas - dijo la mujer sentada a la derecha del camarero. Fue entonces cuando Román se dio cuenta que se había quedado embobado con el suave movimiento de los gruesos labios de su acompañante mientras ella formulaba su pedido.
- ¿Señor?
- ¿Perdón?
- ¿Desea usted algo? - repitió de nuevo el camarero con voz cansina.
- Oh, sí... Me gustaría cenar un entrecot con salsa de pimienta. ¡Ah y un vino rosado para los dos!
El camarero recogió las cartas de los dos comensales y se marchó camino a la cocina, mientras ellos se cogían de las manos. Desde mi punto de vista hubiese creído que eran una pareja, pero conocía bien a Román y todo lo que a continuación iba a ocurrir.
- Isabella, sabes que tengo que ir, puede que en aquel extraño y misterioso lugar encuentre la inspiración para el diseño de tu edificio. Como promotora y financiera de este proyecto del que soy responsable, te pido tu confianza y apoyo en este último viaje. Te juro por mi gato "Misifú", que antes de fin de año estando ahora a mediados de marzo terminaré el proyecto, incluyendo su construcción.
- Román, confío en ti plenamente, pero me preocupa lo que te pueda pasar... Es un país aun bastante, como decirlo, anarquista y a la ciudad a la que vas aún más.
Román suspiró mientras esbozaba una leve sonrisa y apretaba ligeramente las manos de Isabella. En ese mismo instante apareció de nuevo el camarero con el vino, se lo sirvió y volvió a desaparecer tras las puertas de la cocina.
- Sinceramente Román, me cuesta dejarte marchar, pero si dices que es lo mejor tanto para ti como para el proyecto... Adelante.
Tras decir esto entrechocaron las copas y dieron un pequeño sorbo, cuando un hombre repeinado con gomina y vestido con un traje blanco y zapatos de charol negros se acercó a la mesa.
- Disculpad, me gustaría dar la enhorabuena a su novio... Ya que es su novio pues ninguno lleva anillo de compromiso, por tener a una mujer tan espectacularmente bella en su poder.
- ¡¿Perdona?! Gracias por el piropo pero...
- Calma Isabella, estas derramando el vino y te recuerdo que es muy caro - dijo Román dedicándole una sonrisa a la mujer. Yo sabía que estaba intentando aparentar calma, pero el tic en su pierna me hacía saltar la alarma sobre lo que iba a hacer. - Lo primero es que las mujeres no son objetos que pertenecen a alguien, y lo segundo es que ella es mi hermana.
- ¡Ah! ¿Entonces puedo cortejarla? -dijo excitado el desconocido mientras su cara de rata esbozaba una sonrisa nerviosa.
- ¡¿Pero quién se cree que es usted?! Primero la menosprecia y ahora intenta llevársela a la cama delante de su hermano, seras pedazo de hijo de...
- ¿Ocurre algo jefe?
Román paró de hablar y se giró sorprendido hacia mi.
- ¡César! ¿No estaba usted en el coche?
- Siempre estoy para protegerle, y dentro de un coche no puedo hacer muy bien ese servicio. Además soy humano y al igual que usted tengo que comer, no iba a desaprovechar estar en este restaurante tan bueno - dije con voz fuerte mientras se escuchaba una ligera carcajada de Isabella por detrás del desconocido, por lo que continué - Me llevaré a este hombre de aquí, he observado que estaba molestando a la señorita Santillana.
- Gracias César, eres mi ángel protector - me dijo Isabella respirando aliviada - será mejor que se lo lleve antes de que mi hermano continúe con el espectáculo de improperios.
Román miró a su alrededor y observó como el resto de mesas les miraban y cuchicheaban por lo bajo sobre lo que ocurría, entonces se sentó con la cara enrojecida tanto por el enfado como por la vergüenza en su silla y yo agarré a aquel hombre desconocido por el hombro para arrastrarle junto a mi al exterior del restaurante.
- Le recomiendo que se marche a casa, señor. Si vuelve a intentar hablar con la señorita Santillana, no le aseguro a usted que no se lleve un ojo morado de regalo.
No sabría decir si fue por la amenaza o por el hecho de darse cuenta de que con quién había intentado ligar era una de las mujeres más influyentes del planeta a pesar de su corta edad, pero se marchó sin decir nada. En ese momento recibí un mensaje al WhatsApp de Román, en el que me decía que fuese preparando el coche para volver a casa. Guardé el móvil y saqué las llaves del Chevrolet, entré, lo arranqué y puse a máxima potencia la calefacción ya que fuera comenzaba a helar y el coche estaba muy frío. No pasó mucho tiempo hasta que entró la pareja en la parte trasera del coche.
- Llévanos a casa César, por favor -ordenó Román mientras se acomodaba en el asiento.
Sin decir una palabra sobre lo ocurrido, aceleré y me incorporé al fluido tráfico de la noche en las calles de Madrid.
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